GUATEMALA

6 oct
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Actualizado: 7 oct
Guatemala, tú que te vistes de colores, amaneceres de esperanza, con tus ríos de aguas que emergen del corazón de la bienaventurada tierra...
Tierra bendita, custodiada por montañas majestuosas que se imponen, fieles espectadoras del florecer de tus hijos, testigos silentes del caminar constante de quienes habitamos y amamos tu suelo.
En cada hilo de tus güipiles hablas. Hay un libro vivo, un lienzo donde cada trazo y cada color de tu eterna primavera narra una historia antigua de tus mujeres, sus luchas y su inquebrantable esperanza y, proclama que tu raíz sigue viva en el tiempo.
En el susurro del viento entre los volcanes, donde el tiempo guarda la memoria de una patria que florece en sus cantares, al ritmo de la marimba, el tun y la chirimía, vive una música que permanece.
Con cada compás alegra el alma de quien la escucha y trae al presente la memoria eterna de nuestros ancestros.
Tus praderas, testigos de las manos de fe que labran, cada mañana despiertan con la aurora y surcan la tierra para sembrar
la semilla bendita que un día alimentará a los tuyos.
El rocío acaricia los campos, el aroma del petricor asciende de la tierra, el sol alumbra el verdor de los maizales, el viento peina las milpas y el murmullo de las hojas, al rozarse, acompaña la danza sutil bajo el cielo azul.
Todo parece bendecir la jornada, haciendo del trabajo una plegaria y de la tierra, la vida.
Y están tus hijos, Guatemala.
Los que caminan en los mercados desde las primeras horas de la mañana, llevando en sus manos el fruto de su trabajo, mientras las voces se entrelazan entre colores, aromas y pregones.
Están las mujeres que trabajan, que venden, que cocinan, que tejen y sostienen con sus manos la vida de sus familias.
Mujeres que llevan en la mirada el cansancio de las jornadas largas, pero también la dignidad de quien sabe que cada día vuelve a levantarse.
Y están aquellos hijos que un día tuvieron que partir.
Los que cruzaron fronteras buscando otros horizontes, dejando atrás una casa, una madre, un pueblo, una montaña, una lengua, un sabor.
Se fueron llevando apenas lo que cabía en una maleta, sin saber que la tierra también podía viajar con ellos.
Porque basta el aroma de un café, el sabor de una comida o una palabra dicha con el acento de la infancia para que el corazón recuerde.
Y cuando regresan, Guatemala, vuelven a ti.
Tal vez han conocido otros caminos, otras ciudades, otros cielos.
Tal vez aprendieron a vivir lejos de tus montañas y construyeron una vida al otro lado de las fronteras.
Pero cuando pisan nuevamente tu suelo, algo en ellos reconoce la casa.
Porque hay lugares que no solamente habitamos.
Hay lugares que nos habitan.
Y eso eres tú, Guatemala:
la tierra que nos vio nacer, la madre que nos guarda en su memoria y el hogar que, aun desde lejos, siempre nos llama a volver.




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