Cuando una mujer elige amar,
construye una vida de detalles.
Fluye como las aguas cristalinas de un río,
ve en los amaneceres el amor más profundo,
y en los atardeceres, la belleza de la vida.
Aun sabiendo que llega el ocaso,
da lo que le queda.
Es protectora, es conservadora,
mujer delicada, pero libre,
como las aves al viento.
Cuando una mujer elige amar,
abraza sin miedo.
No existe la debilidad,
porque su entrega es vasta.
Acaricia con dulzura,
con abrazos que curan
y envuelven al mundo.
Su voz habla desde un lugar sereno,
con calma y, con la certeza
de que su amor es incondicional.
Cuando una mujer elige amar,
aprende a soltar sin rencor
y sigue amando con el alma limpia.
Deja una huella que transforma lo cotidiano.
Cuando una mujer decide amar,
da sin medida, porque ya eligió
desde su ser.
No pide permiso para sentir,
ni para llorar, porque en su fragilidad
también habita su fuerza.
Y si se marcha,
deja latidos suyos en cada rincón,
porque es memoria viva.
Su amor deja raíces en la tierra
y un cielo abierto en el corazón que tocó.
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