Los ríos, en su inmensidad, llevan consigo historias que nacen y mueren a su paso por cada pueblo.
A veces son testigos silenciosos de pescadores que, en la serenidad de la tarde, lanzan sus cañas al agua y esperan con paciencia el regalo del día.
Sus aguas turquesas y cristalinas parecen espejos vivos, reflejando los rayos dorados de un sol que derrama luz y vida sobre cuanto toca.
Y mientras la corriente avanza sin detenerse, guarda secretos, memorias y sueños, como si cada gota llevará consigo un fragmento del mundo.
Los ríos conocen nombres que nosotros hemos olvidado. Han visto partir a los amantes, crecer a los niños y envejecer a los pueblos. Su corriente nunca se detiene, porque la vida tampoco lo hace.
Sin embargo, continúa su marcha como si comprendieran algo, eso que nosotros no intuimos, que la vida no consiste en permanecer sino en fluir.
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