Luna, tú que acompañas, que todo lo ves,
eres confidente de los pensamientos más profundos.
Escoltas por aquellas calles polvorientas
al caminante que regresa a su morada,
abatido, moribundo, desconsolado,
con pasos que suenan a memoria.
Eres el testigo eterno que vela en silencio.
Abrazas con la luz que no se extingue.
Y aunque las nubes te cierren el paso,
tu calma rompe sombras y te corona en resplandor,
sin dejar de ser esencia pura.
Tú, que acompañas en el insomnio
de quien se sumerge en sus pensamientos más íntimos.
Eres imponente:
mueves los mares,
haces parir vida nueva.
Las estrellas que no conocen techo
son tus fieles compañeras,
junto a la suave música de las chicharras,
que parecen rezos antiguos.
Todos se rinden ante ti.
Tus rayos de plata,
que atraviesan las sombras de los árboles en medio de la noche,
juegan con las luciérnagas,
mientras el búho vuela bajo tu luz
como si tejiera con sus alas
el hilo de los sueños.
Muchos juzgan nuestros andares
sin conocer nuestras batallas,
sin ver las heridas
que han quedado de las embestidas de la vida.
Pero en cada paso,
eres centinela callada:
que ama, consuela,
cobija los sueños rotos
y les da forma de esperanza.
Bajo tu reflejo,
todo lo perdido parece más cerca.
A veces,
basta con mirar al cielo
para recordar que no se camina solo,
sino que tú guías,
no con palabras,
sino con tu presencia.
Así cuidas cada corazón
de aquellos que vuelven su mirada hacia ti
llenos de fe.
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